No importa lo que uno diga, que uno se autoproclame la persona más fuerte de este planeta, que uno se sienta insensible, que esté hecho de hielo. No importa que hasta este momento los momentos duros de tu vida hayan sido fácilmente digeridos.
Es imposible para un hombre o una mujer, ver destrozada a su madre y no destrozarse él mismo en ese momento. La muerte de mi abuela ha abierto mis ojos a nuevas perspectivas, más completas, más ajenas al Roberto que siempre juré conocer; más adeptas al humano mundo de lo humano.
Mi abuela siempre fue una persona feliz, una mujer recta, derecha como ella sola, jamás hizo una mala cara ni le puso un pero a nada; hasta el último día de su vida, del cual fui partícipe activo. Cuando por fin esta mañana me vio con un sombrero puesto sus palabras fueron “que guapo, hijo, te pareces a tu abuelo”. Esto sucedió un par de horas antes de que falleciera.
Dicen y pareciera que es una ley, los que se van al mundo de los muertos no sufren, no sufren ya… los que se quedan son los que sufren y aunque yo vi morir a mi abuela, yo viví sus últimos minutos en curiosa coincidencia. Cuando decidimos regresar a Guadalajara, sentimos que era el momento justo, subimos maletas al coche y pasamos a despedirnos de ella. Fue en ese momento, cuando los cuatro tapatíos nos encontrábamos a solas con ella en su cuarto sobrevino el último ataque del cual tendría que preocuparse mi cansada abuela.
Aún y cuando fui protagonista de la escena en la que uno nunca quiere estar, yo nunca sufrí, sentí incluso un pequeño dejo de alivio por ella, su cuerpo cansado y maltratado por fin podría relajarse y ella que siempre fue muy religiosa y una digna persona de fe, residiría ya en el ansiado cielo de su Dios. Sin embargo, y es la razón principal por la que escribo esto, mi sufrimiento vino al ver a mi madre caer en llanto en el sillón, diciendo que la dejáramos en su momento de llanto, pues hasta ese momento no podía llorar, porque tenía que ser fuerte para sus hermanas.
Más tarde, cuando nos comunicaron que efectivamente mi abuela había perdido la vida, a cualquier hijo se le parte el corazón al ver sollozar a su madre con palabras como “¿y ahora qué?” saliendo de su boca. No es fácil acercarte a abrazar y consolar a la mujer que toda tu vida has visto como la mujer más fuerte del planeta, una tarea titánica considerando también que todos sus hermanos están exactamente igual y tú eres el único sobrino disponible para todos que no ha perdido el control. Debes mantenerte fuerte, la cabeza alta, los hombros listos y los ojos claros. Debes ser el centro zen del universo, el que diga las palabras mágicas que nadie termina por creerse “todo va estar bien”. Aún y cuando volteas a ver a tu madre y tienes el corazón hecho pedazos.
Mención aparte merece mi abuelo, que desde el momento en que vio salir a su esposa en ambulancia me mencionó resignado “pues, ni modo” con su acento abrumado y campesino de toda la vida. Él lo supo antes que todos.
Mi abuelo se ha mantenido fuerte, digno, los últimos meses, ver a la que por más de 54 años fue su esposa enfrentando tan terrible enfermedad (tuberculosis) debe ser devastador para cualquiera, él se mantiene, incluso durante la noticia fatal, sonriente y calmado, mi sabio abuelo.
Ahora que estoy solo en la casa donde habitaba mi abuela y donde murió hace apenas unas horas, escribiendo entre interrupciones telefónicas – sí, en la funeraria Hernández - me siento inquieto, temo por la salud de mi abuelo, temo por su soledad, he decidido regalarle un perrito, un pequeño can en el que cimbro mis esperanzas de diminuta compañía para mi abuelo. Ahora su mundo será diferente, sin su Isabel, que durante 50 años estuvo a su lado, que durante 50 años amaneció con él. Mañana será el más duro amanecer de su vida.
Descanse en paz mi abuela María Isabel Arias.



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2 Responses to “¿Cómo poner un título a un episodio tan amargo?”
Palabras muy sabias y ciertas, no es una labor sencilla pero aun así, tarde o temprano seguimos adelante… Mi más sentido pésame
Cualquier cosa estamos aquí para acompañarte y apoyarte
PD: Que don tan más grande tienes y no es otro que la redacción
Gracias Suro.
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